martes, 23 de mayo de 2017

Peligro: islamofobia

Columna de opinión publicada también en Estrella Digital.
El ministerio del Interior alemán contabilizó en 2016 más de 3.500 ataques contra refugiados y centros de acogida, diez diarios, agresiones violentas de carácter racista en su mayor parte a manos de personas de extrema derecha.
El dato refleja un problema de seguridad claramente superior a su presencia en los medios de comunicación. Se podría relacionar lo anterior con la investigación en marcha en las Fuerzas Armadas alemanas a raíz de al menos dos militares que preparaban atentados haciéndose pasar por refugiados. Racismo.
¿Sucede algo similar en España? Vayamos al ministerio del Interior, que dedica un apartado específico a estos asuntos en su web y ofrece estadísticas.
Define el Ministerio como delitos de odio todas aquellas infracciones penales y administrativas cometidas contra las personas o la propiedad por cuestiones de raza, etnia, religión, edad, discapacidad, orientación sexual, por razones de género, situación de pobreza y exclusión social o cualquier otro factor similar, como las diferencias ideológicas.
Precisamente el Gobierno Rajoy modificó en 2015 el Código Penal en este sentido, amplió y endureció este apartado -artículo 510-, de relativa actualidad por titiriteros, tuiteros y Carrero Blanco, que aquí se han encajado, compartiendo sanción penal con conductas racistas que parecen más peligrosas que aquéllas. La reforma se hizo con cierta obsesión sobre lo que circule por internet, y se acompañó en el tiempo con una modificación de la Ley de Enjuiciamiento Criminal que ha creado la figura del agente encubierto informático, un policía discreto en las redes.
Contempla la normativa con mayores penas las acciones de incitación al odio o la violencia contra grupos o individuos por motivos racistas, así como actos de humillación y menosprecio.
El ministerio del Interior contabiliza en el último año del que ofrece datos (2015) un total de 1.328 incidentes en España relacionados con delitos de odio (cuatro diarios), de los que se esclarecen la mitad, se entiende que encuentran culpable o se abren diligencias en la mitad de los casos.
Los ámbitos que mayor número de incidentes registran son los de racismo y xenofobia (505), ideología (308), discapacidad (226), orientación o identidad sexual (169, éste es de los pocos que muestra tendencia a la baja), y con cifras ya más bajas creencias o prácticas religiosas (70) y cierra el catálogo el antisemitismo (nueve casos en un año).
Los casos anteriores tuvieron 1.166 víctimas, en un 73% españolas; los responsables fueron 464, en un 80% de los casos españoles.
Sorprende que el Ministerio no contemple la islamofobia como categoría delictiva o estadística, diluida entonces en otras figuras como racismo y aporofobia (odio al pobre), también sexismo.
Podemos acudir a otra fuente, aunque sus datos no sean comparables con los de Interior.
La Plataforma Ciudadana contra la Islamofobia ha presentado recientemente, por tercera ocasión, su informe anual en el que registra 573 incidentes de islamofobia en España en 2016, cifra que duplica la del año anterior. 
"La islamofobia es la praxis más extendida de intolerancia en España", destaca el informe, que detalla por tipo de incidente como los más frecuentes los ataques contra los musulmanes en general (284), contra las mujeres (81) y 72 ataques a mezquitas (léase lugares de culto, mezquitas con alminar y almuédano hay muy pocas).
La Plataforma rastrea redes sociales y medios de comunicación en busca de abundantes ejemplos de islamofobia, que relaciona.
Dos curiosidades. En este informe sobre islamofobia aparece una encuesta internacional que refleja la percepción generalizada en países occidentales que el porcentaje de musulmanes es muy superior al real, en España se cree que son el 14% de la población y la realidad ronda el 4%.
De los datos del ministerio del Interior llama la atención que el mayor número de casos de racismo se registran en el País Vasco y Cataluña (luego van Madrid y Andalucía).
Lo anterior da pie para traer a esta columna a un personaje de actualidad como Marta Ferrusola, que ya en 2001, en pleno reinado de la dinastía Pujol en Cataluña, alertaba del riesgo de desaparición de las iglesias románicas sustituidas por mezquitas. En muchos aspectos, los Pujol-Ferrusola han sido unos adelantados a su tiempo.
Los nacionalismos -todos- nunca se han llevado bien con la inmigración, la diversidad y la tolerancia, y en muchas ocasiones presentan tendencia a saltarse la ley.
Volviendo a la seguridad, la realidad de la calle parece que va por caminos distintos al discurso generalizado en política y medios de comunicación sobre amenazas y riesgos, con el terrorismo radical islámico como justificación macro de todo lo que ocurre y de todo lo que se hace, ya sea policial, industrial o militar.
En términos de convivencia, de cohesión social e incluso de número de delincuentes y víctimas, destaca el racismo y más específicamente la islamofobia como el fenómeno más preocupante, junto con un mercado ilegal de armas descontrolado, en Bengasi o en Bilbao, este mismo año la policía se incautó en nuestro país de 9.000 fusiles de asalto militares (no sé si existen fusiles de asalto civiles).
Aparentemente los responsables políticos y los organismos que se dedican a la seguridad conocen todo esto, aunque su discurso público se oriente en otra dirección.
El crecimiento de la islamofobia, como variante mas frecuente de los delitos de odio, sería una conquista del terrorismo yihadista, sería su mayor logro, junto con excesos de la lucha antiterrorista que limiten las libertades de los ciudadanos.
Sin establecer comparaciones, ahí quedan amenazas tan serias al menos como las que se utilizan a diario para asustarnos.

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martes, 16 de mayo de 2017

Personas, sucesos, ideas

Columna de opinión publicada también en Estrella Digital.
En tiempos de incertidumbre se simplifica la realidad, se esquematiza para que el consumidor confuso encuentre respuesta rápida.
Ya sea en las elecciones francesas, el triunfo del fascismo en EEUU, el cambio de líder de un partido político, la explicación tiende a sintetizar el resultado como el triunfo o derrota entre una pareja de elementos opuestos.
Una variante de moda de lo anterior es la querencia de los populismos a identificar un enemigo claro, que es exactamente el opuesto al amigo.
De este modo nos rodean dicotomías, divisiones en dos partes, oposiciones binarias: pasado-futuro, élites-pueblo, militante-aparato, tropa-oficiales, civilización-terrorismo, razón-emociones, globalizados-parados, urbano-rural, jóvenes-jubilados, nativos digitales-analfabetos tecnológicos, formados-desinformados, agresores-víctimas.
Curiosamente de todas las parejas en circulación la más cuestionada es la de izquierda-derecha, que sin embargo sigue explicando gran parte de lo que ocurre en política, sin abarcarlo todo, como ninguna.
Como subproducto de la pareja nuevo-viejo, los partidos políticos corren el riesgo de convertirse en un producto del pasado.
Contra las simplificaciones cabe decir que con Álvarez Junco aprendimos que la identidad nacional, la colectiva y probablemente la individual es múltiple, cambiante y construida.
Entre el blanco y el negro vamos perdiendo los grises.
En la noche de la segunda vuelta de las presidenciales francesas, sin acabar aún el escrutinio, el ganador Macron anunció la conversión de su partido ¡En Marcha!, de un año de vida (las iniciales coinciden con su apellido) por La República En Marcha; la candidata Le Pen anunció la misma noche una profunda transformación del Frente Nacional, que se verá si incluye un cambio de denominación; los conservadores franceses se adelantaron al proceso y convirtieron meses antes la UMP en Los Republicanos (en línea con el populares que acompaña el logo del PP). Tres días después de las elecciones el candidato socialista Hamon anuncia que creará su propio movimiento para "regenerar la izquierda", al parecer sin abandonar del todo el PS.
Asistimos al nacimiento apresurado de nuevos partidos sin estructura (véase la dificultad de Podemos y Ciudadanos para funcionar en un clima de normalidad) contra partidos tradicionales a la baja dirigidos por políticos salidos de primarias contra los aparatos.
Los partidos parecen en proceso acelerado de convertirse en estructuras obsoletas a punto de acabar en el desván de las antiguallas inservibles, aunque los ejemplos franceses parecen más plataformas electorales personales que partidos al uso.
La única solución encontrada en los partidos hasta el momento en una actualización imprescindible ha sido organizar consultas donde se pregunta a los militantes lo obvio (como las recientes en Podemos sobre mociones de censura) o la convocatoria de primarias para elegir al líder, que elimina la intermediación de la estructura del partido y cuyos resultados han sido electoralmente nefastos en España, Reino Unido y Francia.
La antigüedad de los partidos con historia no parece motivo suficiente para abandonarlos, la gente se agarra a asuntos más viejos que los partidos para reforzar su identidad: un pasado inventado; la Semana Santa (dos mil años, aunque su auge actual tiene dos décadas), cantar la Internacional (un siglo, seis meses en algunos casos), la Nación (dos siglos).
El partido es un instrumento para la participación política y directamente imprescindible en nuestro actual sistema electoral y parlamentario. El recambio no está nada claro, y la prueba es que los descontentos con los partidos lo que deciden es... crear otro o algo parecido.
Dos tendencias claras, sin binomio: lo nuevo atrae, que puede ser realmente novedoso o presentado como novedoso; y el rechazo goza de buena salud, continúa el voto de protesta.
La lógica nos indica que lo nuevo va perdiendo lustre con el paso del tiempo y el camino natural de la indignación ciudadana podría ser la abstención, si no encuentra destinatario a su altura.
Una posible salida al enredo es elaborar un algoritmo infalible, instrumento matemático difícil de entender aunque al parecer está detrás de todo lo que nos rodea, desde las búsquedas de Google al espionaje de las comunicaciones electrónicas.
En este caso al informático habría que decirle cuánto pesan cada una de las dicotomías de arriba, la fórmula no lo resuelve; y tener en cuenta las carambolas políticas, que en el caso de Macron suman cuatro (las que ha provocado Hollande, Fillon, Hamon y Le Pen).
Se puede establecer que una conversación, un razonamiento, se complica progresivamente en la secuencia personas-sucesos-ideas.
Lo más sencillo es hablar de personas, de fulano y mengano, que se parece a zutano; aquí entra reducir el discurso constantemente a uno mismo, los chismes y rumores.
Un paso más allá es tratar de lo que ha ocurrido o ha pasado; acontecimientos.
La abstracción crece cuando la conversación es de ideas, en este estadio se amontonan las preguntas y las respuestas, sin resultados contundentes.
La política se centra hoy crecientemente en personas, a las que por supuesto les pasan y cuentan cosas y tienen ideas, pero el peso de la secuencia es decreciente.
Lo que me recuerda una larga cuña radiofónica, sin que haya retenido la marca que la financiaba, que decía algo así: "Fulana se ha emparejado, ¿sabes con quién? ¿Te acuerdas del director de la sucursal de ahí arriba?, pues con el que le robó la moto".
El humor y la publicidad siguen sin competencia solvente para interpretar la realidad.

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martes, 9 de mayo de 2017

Gasto militar y Felicidad Nacional Bruta

Columna de opinión publicada también en Estrella Digital.
Existe una corriente de opinión, léase de presión, que ha extendido la necesidad de que España destine el 2% del PIB a Defensa, sin concretar en qué, por qué ni cómo. El mensaje se puede acompañar con ingredientes de riesgo cero como que es criterio aprobado en el seno de la OTAN, si bien a una década vista con lo que el compromiso se diluye y convierte los anuncios en gaseosa.
Otras ideas asociadas pueden utilizar el terrorismo (si estamos en guerra contra él, habrá que utilizar instrumentos militares) o la minoría de edad permanente de Europa frente al primo norteamericano de Zumosol que, se dice, se ha hecho cargo de nuestra seguridad desde hace décadas. Difícil encontrar la explicación a esto último, salvo que en lugar de Normandía el desembarco se hubiera producido en La Manga del Mar Menor, en ese caso el argumento podría funcionar por estas tierras.
De cumplirse el objetivo España debería casi duplicar su gasto en Defensa, incrementar unos ocho mil millones de euros, cosa harto improbable si no se utiliza algo más convincente que el síndrome infantil europeo.
Teniendo en cuenta que el incremento real del presupuesto español en Defensa, eliminando trasvases cosméticos, es en el aún no nacido proyecto de 2017 del 0,6%, necesitaría dos siglos para llegar al nivel que se nos exige y nos exigimos teóricamente, porque los actuales responsables del asunto se suben con entusiasmo al argumento.
Algunos indicadores pueden ayudar a contextualizar el asunto.
El sueco SIPRI, Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, difunde regularmente datos sobre el tema. En informe reciente indica que el gasto militar mundial fue en 2016 de 1,6 billones de dólares, que representa el 2,2% del Producto Interior Bruto global.
Como no todo el mundo gasta con el mismo entusiasmo, hay que afinar algo más.
En cifras absolutas, EEUU encabeza el gasto militar mundial con 611 mil millones de dólares, que supone el 3,3% de su economía. Siempre ilumina saber que EEUU gasta el triple que el segundo clasificado (China, 1,9%% del PIB) y diez veces más que el tercero (Rusia, 5,3% del PIB). Cuarto puesto en gasto para Arabia Saudí (10% del PIB) y quinto para India (2,5% de su PIB es gasto militar).
Según los datos del SIPRI el gasto militar de España representa el 1,2% del PIB, mismo peso relativo que Alemania y por encima de grandes potencias económicas como Japón (1%).
Europa suma 334 mil millones de dólares en gasto militar, lo que vuelve a desmentir el infantilismo pacifista europeo. Solo Francia supera el manido dos por ciento (2,3%).
Dejando las cifras absolutas, resulta revelador conocer que el mayor peso del gasto militar por regiones lo encabeza Oriente Próximo. Ahí tenemos a los saudíes, otros países como Israel, Emiratos y la media de la zona se acercan al 6%. Por su tamaño es importante mencionar a India o Corea del Sur, que rondan el 2,5%.
Una mínima interpretación sería que un peso elevado del gasto militar sobre la economía de un país se encuentra en potencias nucleares, zonas de conflicto y regímenes autoritarios que pueden a su vez ser o no atómicos y conflictivos.
Hasta aquí el peso del gasto público militar sobre la economía, que es una forma de medir; otra posible sería añadir también la industria relacionada, sumar por ejemplo en cada país a los presupuestos públicos su sector industrial privado, lo que ofrecería una imagen del grado de militarización de una economía, que en muchos países va íntimamente asociado a la innovación y el desarrollo tecnológico.
Otra alternativa sería medir el gasto militar por habitante, clasificación encabezada por Arabia Saudí seguida de Omán, Emiratos, Israel y EEUU.
Y luego tenemos el Reino de Bután, encajonado en el Himalaya entre India y China, superficie y población parecida a Extremadura, que decidió hace un tiempo inventarse el índice de la Felicidad Nacional Bruta como indicador principal de desarrollo en lugar de la economía, índice elaborado a partir de variables como el bienestar psicológico, el uso del tiempo, la vitalidad de la comunidad, la cultura, la salud, la educación, la diversidad medioambiental, el nivel de vida y el buen Gobierno.
Entendemos que la Administración y los investigadores sociales butaneses andan obsesionados con estos indicadores y cómo evolucionan de un año a otro y con sus decimales.
No hay nada de gratuito en medir la seguridad por su participación en la economía, por su peso en el PIB.
Porque lo que medimos afecta a lo que hacemos o, al revés, lo que no se mide no se echa de menos.
Como podemos decir también que no existe el arte sin la mente del que lo interpreta, no existe el sabor a fresa si nadie se la come, si se queda en la mata.
Los colores, los sabores, los olores son productos de nuestra mente construidos a partir de elementos químicos u ondas electromagnéticas; la caída de un árbol sin animal con oído alrededor no produce ningún ruido.
No existe seguridad en abstracto sin tener en cuenta la persona a proteger. Y esas personas en un régimen político representativo deben ser informadas y además opinan.
El sabor a fresa no existe en otro lugar distinto a nuestra boca.
Y el paladar está en el cerebro.

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martes, 2 de mayo de 2017

Corrupción ostentórea

Columna de opinión publicada también en Estrella Digital.

Dicho rápidamente: no existe el adjetivo del título, más exactamente es incorrecto, como algunas de las cosas que se sospecha hizo Ignacio González, expresidente de la Comunidad de Madrid encarcelado, a decir de su madrina y predecesora.
Ostentóreo es una criatura extraña nacida del cruce entre estentóreo -sonido muy fuerte- y ostentoso -llamativo por suntuosidad o aparatosidad-. En la paternidad del vocablo se duda entre Jesús Gil y Juan Benet, que ya es dudar.
Corrupción ostentórea tiene sonoridad de bombo y platillos, está llena de erres y de enes y de tes, recuerda la región incomprensible de Giligil, sus policías locales en Harley Davidson y los picassos en el retrete, pero es expresión incorrecta, como Nacho González.
El caso es que Esperanza Aguirre ha dimitido este abril de 2017 por ocasión tercera de sus responsabilidades políticas -ya lo hizo en 2016 nadie recuerda de qué y en 2012 de presidenta regional- con las siguiente palabras: "Ahora me siento engañada y traicionada. No vigilé más. Este auto y esta prisión no son una prueba definitiva contra él (Ignacio González), pero sí demuestran que yo no vigilé todo lo que debía. Por eso, dimito del cargo político que ostento, concejal del Ayuntamiento de Madrid y portavoz del grupo municipal popular", sentenció solemne.
"Cargo político que ostento". La Real Academia de la Lengua, por aquello del brillo y esplendor bajo una bombilla que imaginamos de 40 vatios, normaliza el término y ostentar le parece neutro: "Mostrar o hacer patente algo"; "Hacer gala de grandeza, lucimiento y boato"; "Tener un título u ocupar un cargo que confieren autoridad, prestigio, renombre". Al menos señala hacer gala, boato, renombre, pero se queda corto el DRAE.
Entre paréntesis, ese ataque sin motivo a la Academia debería ser explicado, quizá sea envidia por el control que aparentan del lenguaje, aunque uno tiene la impresión de que el caserón huele a sopa y tiene mala luz.
Retomando el hilo, ostentar se asocia a "exhibir con vanidad y presunción una cosa", según otros diccionarios y la intuición del que escribe, ostentoso es alguien o algo que presume de su importancia, de estar por encima de la media en posición social o económica.
Por ahí debe de rondar alguna de las claves de lo que nos ocurre, el ejercicio del cargo con vanidad y presunción por parte de quienes acabamos descubriendo corruptos, vanidad y presunción alimentadas con los recursos públicos robados en alta ingeniería financiera o directamente con reintegros mil del cajero automático, métodos ambos dos que combinan los autores de milagros económicos que engordan milagrosamente su propio patrimonio.
Con el riesgo indirecto de aumentar la confusión añado que los palabros anteriores andan cercanos a un cuarto término, detentar, que se acerca más al objetivo: "Retener y ejercer ilegítimamente algún poder o cargo público"; "Retener lo que manifiestamente no le pertenece".
Por tanto, aquí ofrezco frase para la nevera de los viejóvenes vicesecretarios de Génova Trece, para la cuarta dimisión de Aguirre o de cuantos responsables políticos del PP vayan saliendo de instituciones y empresas públicas cinco minutos antes de la llegada de la Guardia Civil: "Dimito del cargo que detento".
En realidad la explicación debiera ser algo más larga: "Ignorados conciudadanos, les quiero anunciar que no dejo voluntariamente el cargo público, no dimito, sino que he sido cesado fulminantemente por una serie de circunstancias acumuladas, entre ellas la decisión de quien me nombró, el cargo de conciencia de pasar la mayor parte del día fuera de la ley y por supuesto la cercanía de la actuación policial, sin la que nada de esto hubiera sido posible. En mi descarga les diré que nunca pensé que fuera a acabar así, porque tiene cierta lógica que el partido me encargara la recaudación ilegal de fondos y yo fuera más allá, porque mi entorno social consideraba mis chanchullos algo si no normal sí muestra de inteligencia, porque el tren de vida que he llevado durante años se lo recomiendo a cualquiera. Sí que les pido que nadie se tome esto como un ataque personal, nunca pensé que el dinero público desviado pudiera destinarse a nada mejor. Les informo de que he prestado declaración esta mañana ante la Guardia Civil y me pongo ahora a su disposición para contestar a lo que me pregunten".
En ese momento, ante la sorpresa de todos, un apuesto periodista aparta la silla con más ruido que violencia, se levanta, coge la alcachofa, carraspea, una compañera da los primeros compases con una guitarra que nadie había visto antes, y canta robando descaradamente sus palabras a Lole Montoya y Manuel Molina:
"Estimado político popular agobiado,
Diiiiiii-meee...
si has mentido alguna vez
y dime si cuando lo hiciste sentiste vergüenza de ser embustero.
Dime, dime, dime...
si has odiado alguna vez
a quien hiciste creer una cariño de verdad, dime...
Si sientes tu corazón, como en sí mismo
el dolor de tus hermanos, dime, dime, dime...
Si has cortado alguna flor
sin que temblaran tus manos, dime...
Si de verdad crees en Dios
como crees en el fuego cuando te quema, dime, dime, dime...
Si es el cielo tu ilusión
o es la verdad en la Tierra, dime...
A cada cosa sí o no, y entonces sabré yo
si eres mi sueño, dime, dime, dime, dime...
A cada cosa sí o no, y entonces sabré yo
cual es tu Credo.
Diiiiii-meee...".


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